Chiapas a 19 de febrero dl 2026. (DSN). – El senador Luis Armando Melgar Bravo vuelve a estar en el centro de la polémica tras la difusión de un video en el que se refiere de manera despectiva al exgobernador de Chiapas, Rutilio Escandón Cadenas, llamándolo “Ratilio” y utilizando el término “autista” como insulto.
Una descalificación que degrada el debate público
En el material que circula en redes sociales, Melgar no sólo recurre a un apodo burlesco para referirse a Escandón, sino que además emplea una condición del neurodesarrollo como agravio. El señalamiento ha generado indignación entre ciudadanos y colectivos, que consideran inaceptable que un representante popular utilice expresiones que estigmatizan a personas dentro del espectro autista.
Más allá de las diferencias políticas —que son legítimas y necesarias en una democracia— el recurso al insulto personal revela una preocupante degradación del discurso público. La crítica a una gestión gubernamental puede y debe hacerse con argumentos, datos y contraste de resultados. Optar por la burla y el ataque personal no sólo empobrece el debate: lo envilece.
El agravio a la comunidad autista
El uso del término “autista” como sinónimo de incapacidad o defecto no es menor. Se trata de una expresión que refuerza estereotipos dañinos y perpetúa la discriminación hacia personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA) y sus familias.
Organizaciones civiles han señalado que este tipo de lenguaje, cuando proviene de figuras públicas, tiene un impacto mayor porque normaliza la exclusión. En un país donde las personas con discapacidad aún enfrentan barreras estructurales en educación, empleo y acceso a servicios, que un senador utilice esa condición como insulto resulta especialmente grave.
Responsabilidad política y ética
Quienes ocupan cargos públicos no sólo legislan: también modelan conductas. La investidura exige un estándar más alto de responsabilidad y respeto. Cuando un senador opta por la descalificación burda, envía el mensaje de que la agresión verbal es una herramienta válida en la contienda política.
La crítica severa a un exgobernador es parte del juego democrático. Pero convertir una condición neurológica en un arma retórica cruza una línea ética. No se trata de “corrección política”, sino de derechos humanos y dignidad.
Un llamado a elevar el nivel
El episodio debería servir como punto de inflexión. La política mexicana necesita más debate sustantivo y menos espectáculo ofensivo. Las diferencias ideológicas no justifican la humillación ni la estigmatización.
Si la clase política aspira a recuperar la confianza ciudadana, el primer paso es abandonar el insulto fácil y asumir que la palabra —sobre todo en boca de un representante popular— tiene consecuencias.
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